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Desde Paulenca, una carretera local nos conduce a Lugros. No está en muy buen estado, pero merece la pena hacerla. Es un trayecto que a medida que avanza se adentra en el páramo en el que crece la retama y el tomillo, allá donde no penetra el arado. Algunos cortijos derruidos jalonan el paisaje y hay puntos desde donde se ve el gigantesco surco de bad-lands que excavan el río Alhama y el Fardes sobre la llanura, y que más adelante recorreremos. Es un espectáculo que extraña, pues no nos percatamos de que estamos a más de 1.200 metros sobre el nivel del mar, es decir, en pleno altiplano.

Estas características hacen que geográficamente estos pueblos tengan más similitudes con el altiplano del Marquesado que con el Valle del Río Alhama, pero su situación histórica, cercana al Camino Viejo de Guadix, forzó su vinculación administrativa a Beas, del que en el pasado dependieron como cortijadas.

Señores y arrendatarios

El origen de estos cortijos debió remontarse al menos a época morisca, pues como se ha visto, por entonces se construyeron las herrerías y en el Catastro de Ensenada aparecen ya plenamente conformadas como aldeas, alcanzando en el caso de Lugros 370 habitantes. Por entonces, las herrerías siguen a pleno funcionamiento y merecieron ser reflejadas de modo relevante en los croquis que se hicieron. Hoy existe el “Cortijo de la Herrería”, donde se levanta una ermita a San José.

Por estos años, Lugros es también lugar de señorío, cuyos titulares ostentaron titulo de marqueses. En el Catastro los señores son propietarios de 44 casas y de dos herrerías, una carbonera y un molino. “El Polícar”, como le llaman sus habitantes, fue también una propiedad latifundista que sus habitantes cultivaban en régimen de arrendamiento hasta 1.977, fecha en que los mismos aldeanos realizaron la reforma agraria, comprando las tierras por 29 millones de la antiguas pesetas.

Pueblos del páramo

Lugros y Polícar son pueblos altos, fríos y serranos, situados en la cornisa del valle que abre río Alhama, fuera de las vertientes de bad-lands, y por tanto sin hábitat troglodita. Lugros se acerca más a la sierra, teniendo en ella gran parte de su término municipal y Polícar abrocha el amplio páramo con el valle y tiene su desarrollo agrario en el llano.

Ambos desarrollan parte de su urbanismo al borde del río, con muchas de sus viviendas cayendo sobre el barranco. Lugros, con calles soladas de lajas de pizarra, tiene su urbanismo centrado en una plaza bien conformada, con alguna que otra desarmonía. Polícar, por su parte, presenta un núcleo antiguo pequeño, rural, coqueto, y mucho caserío moderno más abierto y desparramado por la llanura.

Pero Lugros es sobre todo un pueblo serrano, pues tiene en Sierra Nevada gran parte de su término municipal. Un paseo por los innumerables senderos que ofrece nos lleva a contemplar increíbles paisajes y grandes contrastes entre estaciones, que nos aseguran una experiencia única. Se pueden visitar lugares casi selváticos y, tras una breve caminata, ver las vistas lunares de los bad-lands de Beas de Guadix.

Tierra de lobos

El carácter montaraz de Lugros se deduce de su propio topónimo, pues, según algunos, el término significa “lobos”. El lobo, ese animal mítico tan ibérico, habitó en Sierra Nevada hasta los años 30 del siglo XX, fecha en la que se vieron los últimos ejemplares. Su abundancia en el pasado llegó a dificultar las repoblaciones humanas que se llevaron a cabo de los pueblos de la sierra tras la guerra de las Alpujarras. Se atrevían a bajar en manadas a los mismos pueblos en busca de ganado y animales de labor, como fue el caso de Ferreira, donde en un solo año devoraron más de ochenta mulos.

De ermitas a iglesias

Antes de 1.568 estos poblados no fueron dotados de iglesias y según el sínodo de Martín de Ayala de 1.554, los moriscos que allí moraban, poco dados a la liturgia cristiana, debían oír misa en alguna habitación acondicionada para el efecto. Después de su expulsión, los nuevos pobladores debieron construir emitas, más tarde ampliadas y convertidas en pequeñas iglesias. Esto es muy claro en la actual iglesia de Polícar, de carácter sencillo, popular y sin torre. La cubierta de madera de su nave es moderna e intenta, con poca fortuna, imitar el estilo mudéjar. Dentro destaca un cuadro regalado por los antiguos propietarios. En Lugros, el edificio religioso tiene espadaña para la campana, planta rectangular, sin artesonado ni adornos especiales y una heráldica que, por borrosa, no se puede identificar.

San Marcos y su potaje

Sin ser el patrón de Lugros, San Marcos es objeto de gran devoción y honra. Se hacen los típicos roscos, que una vez bendecidos son lanzados a la multitud congregada en la plaza, que los recibe como lluvia suave y beneficiosa, pues de eso se trata, de conjurar los estragos causados por las tormentas de verano.

Pero lo más singular de este San Marcos de Lugros es su potaje, hecho a base de garbanzos y bacalao. Tiene un fuerte sabor ritual y comunitario, pues lo hacen los mayordomos -con premio al mejor logrado- en grandes calderos y en plena plaza. Luego es repartido a todos los allí presentes, obsequiando especialmente a los visitantes.

Fuente: Ideal