Vocacional. Este es el término que eligen los guardas de los refugios  de montaña cuando se les pide que adjetiven su trabajo. Un empleo duro y laborioso, pero muy gratificante al desarrollarse en un entorno que estos amantes de la montaña respetan y sienten suyo. Y eso, a pesar de lo agotador que puede resultar el cuidado de las instalaciones en pleno invierno, cuando están aisladas de la civilización durante varios días y presentan unas distracciones más bien limitadas.

Foto: Refugío del Poqueira en Sierra Nevada

La montaña, para algunos, es una pasión que viene de familia. Este es el caso de Antonio Lafónguarda del refugio de La Renclusa. A los 15 años se marchó un verano entero a echar una mano a su tío, que necesitaba apoyo en la época del año en que más manos se precisan en este tipo de instalaciones. Una experiencia que repetiría al año siguiente, y al otro. Con la mayoría de edad se convirtió en el guarda titular de La Renclusa, al pie del Aneto, a 2.140 metros de altura.

“Si no fuera vocacional, no trabajaríamos ahí”, señala Antonio con contundencia. La oscuridad no es compatible con el desarrollo de las actividades de montaña, por lo que quienes se alojan en elrefugio aprovechan los primeros rayos de sol para marcharse. El horario de los montañeros marca, entonces, el de los guardas. “Empiezas cuando hace falta y terminas cuando hace falta”, explica Antonio con estoicismo. No en vano, es su trabajo. El que ha elegido y el que no cambiaría.

Aislados

Las condiciones laborales de estos profesionales se endurecen, y de qué manera, cuando llega el invierno. Aislados en las alturas, aquellos que hacen la guardia en soledad pueden pasar varias semanas sin ver a otra persona, encerrados en unos pocos metros cuadrados para evitar temperaturas máximas de 10 grados bajo cero. Este es el caso deSegis Martínez, uno de los actuales guardas del refugio de los ibones de Bachimaña, labor en la que se turna con José Ángel y Martín desde este verano después de 14 años en la Casa de Piedra de Panticosa.

“Estamos a 2.200 metros, y cuando el invierno se pone crudo, apenas viene gente. He llegado a pasar quince días sin ver a nadie. Además, los temporales complican el cambio en el refugio, que se llevan a cabo cada quincena y puede llegar a posponerse, como esta misma semana“. La fortaleza mental es clave para soportar el enclaustramiento. “Lees mucho, intentas dar un pequeño paseo si la climatología lo permite, haces cortes de nieve para el parte…”, explica el guarda.

A pesar de la dureza de esta dedicación, Segis no la cambiaría por nada. “Trabajo en el medio que más me gusta, la montaña. Desde luego es algo que tiene que ser vocacional. No es fácil, por ejemplo, estar quince días aislado, a cuatro horas de travesía por nieve del balneario de Panticosa”.

Una forma de vida

Chema Grau pasa buena parte del año a 2.150 metros de altura, en el refugio Ángel Orús, en el valle de la Aigüeta de Eriste. En sus labores se turna, desde 1997, con Fernando Román, el otro guarda de invierno. Para el verano contratan a 3 ó 4 personas para atender a la avalancha de montañeros que pernoctan al pie de las Agujas del Forcau.

Este ‘loco’ de la montaña, de 52 años, ha llegado a pasar más de 20 días sin cruzarse con otro ser humano. No es problema. “Lo que más valoro de este trabajo es hacer algo que va con mi personalidad. Si tu trabajo no te gusta, lo soportas ocho horas al día y luego te evades haciendo otra cosa. Pero esto es diferente, es vocacional al 100%, es una forma de vida. El que lo hace por dinero se quema en seguida y lo deja“, subraya este montisonense.

Cocinero, limpiador, carguero…

 

El de guarda es mucho más que un oficio. Son varios. Los responsables de atender a los senderistas preparan las comidas, limpian las habitaciones y otras zonas comunes, arreglan los grupos electrógenos y las cañerías, hacen partes meteorológicos…

También, en determinados casos, tienen que ejercer de ‘mula’ y cargar a la espalda pan para varios días, huevos, y otros productos frescos.“Cada vez que toca relevo, en nuestro caso cada semana, aprovechamos para llenar un poco la despensa, llevando todo lo que podemos a pie desde Eriste”, aclara Chema Grau. El resto de la comida y útiles básicos les llegan en helicóptero, transporte que ellos mismos sufragan.

 Vídeo del Refugio de Angel Orus

Fuente: Heraldo